lunes, 23 de marzo de 2009

“La muerte puede consistir en ir perdiendo la costumbre de vivir.” César González Ruano


“Bajo la magia de lo dionisíaco no sólo se renueva la alianza entre los seres humanos: también la naturaleza ena­jenada, hostil o subyugada celebra su fiesta de reconci­liación con su hijo perdido, el hombre.

De manera espon­tánea ofrece la tierra sus dones, y pacíficamente se acercan los animales rapaces de las rocas y del desierto. De flores y guirnaldas está recubierto el carro de Dioniso: bajo su yugo avanzan la pantera y el tigre.

Transfórmese el himno A la alegría de Beethoven en una pintura y no se quede nadie re­zagado con la imaginación cuando los millones se postran estremecidos en el polvo: así será posible aproximarse a lo dionisíaco.

Ahora el esclavo es hombre libre, ahora quedan rotas todas las rígidas, hostiles delimitaciones que la nece­sidad, la arbitrariedad o la «moda insolente» han estableci­do entre los hombres. Ahora, en el evangelio de la armonía universal, cada uno se siente no sólo reunido, reconciliado, fundido con su prójimo, sino uno con él, cual si el velo de Maya estuviese desgarrado y ahora sólo ondease de un lado para otro, en jirones, ante lo misterioso Uno primordial.

Cantando y bailando manifiéstase el ser humano como miembro de una comunidad superior: ha desaprendido a andar y a hablar y está en camino de echar a volar por los ai­res bailando.

Por sus gestos habla la transformación mági­ca. Al igual que ahora los animales hablan y la tierra da le­che y miel, también en él resuena algo sobrenatural: se siente dios, él mismo camina ahora tan estático y erguido como en sueños veía caminar a los dioses.

El ser humano no es ya un artista, se ha convertido en una obra de arte: para suprema satisfacción deleitable de lo Uno primordial, la potencia artística de la naturaleza entera se revela aquí bajo los estremecimientos de la embriaguez.

El barro más noble, el mármol más precioso son aquí amasados y talla­dos, el ser humano, y a los golpes de cincel del artista dioni­síaco de los mundos resuena la llamada de los misterios eleusinos: «¿Os postráis, millones? ¿Presientes tú al crea­dor, oh mundo?». –“

F. Nietzsche

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